SRAS-CoV-2

#Covid-19, una excusa de peso para #adelgazar

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Numerosos estudios han ratificado que la obesidad es uno de los principales peligros frente a la Covid-19. Y el confinamiento parece haberla agravado.

Los mecanismos inflamatorios de la obesidad son una puerta de entrada para el SRAS-CoV-2.
Los mecanismos inflamatorios de la obesidad son una puerta de entrada para el SRAS-CoV-2.

Hace dos semanas, el equipo de Antonio Iannelli, del Hospital Universitario de Niza, en Francia, se hacía eco en Obesity Surgery de los resultados del grupo de estudio Lille Intensive Care Covid-19 and Obesity, publicado en The Lancet Diabetes & Endocrinology: una alta frecuencia de obesidad entre los pacientes ingresados en cuidados intensivos por SRAS-CoV-2. La gravedad de la enfermedad aumenta con el IMC. Y en un amplio informe publicado en JAMA sobre 5.700 pacientes de Nueva York hospitalizados por Covid-19, la hipertensión, la obesidad y la diabetes estuvieron presentes en el 56,6%, 41,7% y 33,8%, respectivamente. “Se puede especular -según Iannelli- que la obesidad es responsable de la hipertensión y la diabetes, que a su vez son responsables de la gravedad de la enfermedad. Sin embargo, el problema también puede tomarse en sentido contrario, ya que el tejido adiposo es una fuente importante de moléculas inflamatorias, incluida la IL-6, que pueden agravar el SRAS-CoV-2”.

Numerosos estudios de todo el mundo han advertido de que el 50% de las pacientes en UCI por Covid-19 eran obesos. En Wuhan (China), un estudio comprobó que la mortalidad general en los pacientes obesos ingresados en UCI se disparó hasta el 85%. Y en Estados Unidos, otro análisis publicado en Obesity entre los menores de 60 años ingresados concluyó que los que presentaban un índice de masa corporal (IMC) de entre 30 y 35 kg/m2 (obesidad grado I) tenían dos veces más posibilidades de ingresar en UCI que las personas con peso normal; y en los que presentaban un IMC superior a 35 kg/m2 esta probabilidad aumentaba hasta 3,6 veces.

Afinidad por el tejido adiposo

Existen numerosas razones fisiológicas por las cuales la obesidad puede tener efectos adversos en Covid-19, enumeraba un análisis de, entre otros autores, Carl J. Lavie, de la Universidad de Queensland, en Nueva Orleans, y Fabián Sanchís Gomar, de la Universidad de Valencia, en Expert Review of Endocrinology & Metabolism. El SRAS-CoV-2 penetra en las células humanas mediante la unión con la enzima convertidora de angiotensina 2 (ACE2), que está expuesta en la superficie de muchos tipos de células. Las personas con obesidad a menudo tienen resistencia a la insulina y actividad desequilibrada del sistema renina-angiotensina-aldosterona, que puede ser importante para promover una enfermedad más grave en Covid-19. Aunque se considera que ACE2 en el tejido pulmonar es un sitio de entrada principal del virus, la expresión de ACE2 en el tejido adiposo es aún mayor que en el tejido pulmonar, lo que hace que el aumento del tejido adiposo en la obesidad más severa sea extremadamente vulnerable al SRAS-CoV-2.

Además, añaden, “la obesidad se asocia con más enfermedad pulmonar restrictiva basal e hipoventilación, así como con inflamación sistémica de bajo grado. A esta insuficiencia pulmonar se suma el hecho de que la baja aptitud cardiorrespiratoria a menudo está presente en la obesidad y, junto con la adiposidad, es un factor de riesgo importante para el desarrollo de insuficiencia cardíaca, lo que aumenta el riesgo de congestión vascular pulmonar, especialmente en formas más severas de obesidad”.

La Covid-19 también suele ir acompañada de una enfermedad multisistémica, como diabetes, y las personas con sobrepeso y obesidad tienen mayor prevalencia de insuficiencia renal y enfermedad renal crónica, además de tener más riesgo cardiovascular. La obesidad también se asocia con un grado significativo de disfunción endotelial, y la evidencia reciente indica que la infección de células endoteliales en Covid-19 y la adiposidad pueden empeorar el curso clínico de la enfermedad.

Los kilos del confinamiento

Juan Pedro Fernández Corbelle, especialista en nutrición con 34 años de experiencia clínica y miembro de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEO), comenta que “en la actual situación de confinamiento muchas personas han bajado la guardia a la hora de llevar una alimentación responsable y de realizar un mínimo de ejercicio físico”.

Algunas estimaciones indican que en estos dos meses de confinamiento los ciudadanos han engordado una media de 4 a 7 kilos, algunos de ellos hasta 10. “La prevención del sobrepeso -añade Juan Pedro Fernández- es fundamental y debería recordarse a la población tanto como en el lavado de manos o en el distanciamiento físico, porque en la desescalada la gente está deseando hacer vida social y esto puede implicar mayor consumo de alcohol y una alimentación caótica y, por tanto, más obesidad y una multiplicación del riesgo de complicaciones, y muerte por Covid-19”.

La información aportada por los especialistas en medicina interna y cuidados intensivos que vienen tratando a pacientes con Covid-19 señala que en las fases II y III de la enfermedad, las más graves, el sistema inmune se descontrola llevando al organismo a un estado inflamatorio severo donde van apareciendo complicaciones diversas como alteraciones de la coagulación, con formación de trombos, y la afectación de diversos órganos y sistemas. Esta situación de superinflamación en los pacientes más graves ha permitido a los investigadores encontrar una asociación estadística de la obesidad como uno de los principales factores de riesgo de complicaciones y mortalidad.

“Está ampliamente demostrado -explica Fernández Corbelle- que la obesidad ya supone, de por sí, una situación de inflamación del organismo humano. El resultado es que la combinación Covid-19 y obesidad puede ser mortal porque cuando un paciente con sobrepeso llega a la fase de desencadenamiento inflamatorio, se encuentra en un estado avanzado de hiperinflamación y el agravamiento de la enfermedad es prácticamente inevitable”.

Micronutrientes

La conclusión no es muy difícil: hay que evitar ganar peso, y en caso de padecer obesidad hay que poner en marcha un plan de choque para resolver el problema, siempre con parámetros saludables y de la mano de un especialista. Sin embargo, perder peso de forma saludable es un proceso lento que lleva meses. Junto a las medidas conocidas de ejercicio, variedad y moderación nutricional, “otra forma de protegernos ante un posible contagio es la micronutrición y la suplementación nutricional”.

En previsión de otras oleadas, y también por las consecuencias patológicas que se derivan de la obesidad, Fernandez Corbelle indica que “los micronutrientes intervienen en el buen funcionamiento del sistema inmunitario y en la respuesta inflamatoria del organismo humano a las enfermedades infecciosas. El ejemplo más claro es el de la vitamina D: una investigación realizada sobre las primeras autopsias en pacientes de Covid en Turín ha constatado que los fallecidos presentaban niveles ínfimos de vitamina D; posteriormente se ha descubierto que la enfermedad consume significativamente las reservas de dicha vitamina y que los pacientes que presentaban de partida niveles bajos de este nutriente sufren un agravamiento mucho más severo de la enfermedad”.

En casos de déficits nutricionales o de inmunidad debilitada, aconseja vitaminas C, D3 y K2, zinc y cobre, selenio y ácidos omega-3 (EPA y DHA). “La ingesta de estos micronutrientes a través complementos alimentarios debe ser superior a los valores mínimos recomendados porque ya no sólo se trata de estar sanos, sino de preparar a nuestro organismo para poder defenderse de esta enfermedad en caso de contagio”.

Sin excederse

Es imprescindible en tales casos la supervisión de un especialista para poder garantizar el equilibrio adecuado, ya que la suplementación o exceso de algunos de ellos puede generar problemas severos. “Es el caso de la vitamina D, que tiene unos valores máximos permitidos en sangre y si nos pasamos podemos llegar a niveles tóxicos. De ello se deriva la importancia de realizar análisis para conocer el estado previo nutricional e individualizar la suplementación en cada persona”, advierte Fernández Corbelle.

De todos modos, no hay remedios milagrosos ni garantías absolutas. “La micronutrición no va a impedir nunca el contagio de Covid-19 porque hasta que no tengamos una vacuna, las únicas medidas preventivas siguen siendo el lavado frecuente de manos, distanciamiento físico y el uso de mascarillas. Sin embargo, con la nutrición adecuada y la suplementación podemos conseguir que nuestro organismo esté mejor preparado para afrontar la enfermedad en caso de infección”.

#Cuando respirar cuesta

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Asma y EPOC no se consideran un factor de riesgo para infectarse del SARS-CoV-2 ni se asocian, ‘a priori’, a un peor pronóstico de la Covid-19.

El asma y la EPOC no se consideran factor de riesgo para Covid-19.
El asma y la EPOC no se consideran factor de riesgo para Covid-19.

Según la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ), los datos de los que se dispone actualmente apuntan a que los pacientes con enfermedades respiratorias crónicas como el asma y la EPOC no presentan un riesgo mayor de infectarse por el SRAS-CoV-2, aunque este buen perfil frente a la Covid-19 está determinado por el buen control de la patología de base mediante el mantenimiento y el adecuado cumplimiento del tratamiento establecido.

En el caso de la EPOC, José Miguel Rodríguez González-Moro, jefe del Servicio de Neumología del Hospital Príncipe de Asturias, de Madrid, explica que, a pesar de que los resultados de los estudios publicados sugieren que padecer esta enfermedad no se traduce en un riesgo aumentado de Covid-19, hay que tener en cuenta que se trata de pacientes de mayor edad, con deterioro de su capacidad respiratoria y con frecuentes comorbilidades cardiovasculares, “y el conjunto de todas estas circunstancias sí hace que presenten un mayor riesgo de desarrollar neumonía (y en sus formas graves) y tener un peor pronóstico; por ello, el riesgo de fallecimiento está incrementado”.

Riesgo de infección grave

En este sentido, hay estudios, como el publicado en Tobacco Induced Diseases, que vinculan la enzima conversora de la angiotensina 2 (ECA2) con un potencial mayor riesgo de desarrollar una infección grave en pacientes con EPOC que se contagian con el SRAS-CoV-2. Rodríguez comenta al respecto que “el tema de la mayor expresividad de los receptores ECA2 es muy debatido, sobre todo a raíz de la discusión sobre el efecto de los fármacos antihipertensivos, como los IECA o los ARAII (publicaciones recientes indican que la utilización de estos fármacos es segura y no aumenta el riesgo de infección ni la gravedad de la misma)”.

La recomendación a estos pacientes es que, si están bien controlados, no modifiquen su tratamiento habitual durante la pandemia

Añade el neumólogo del Príncipe de Asturias que “en el caso de los fumadores y los pacientes con EPOC se observa una hiperexpresión de los receptores de ECA y, de hecho, los niveles de expresión génica de esta enzima también están inversamente relacionados con el volumen respiratorio forzado en el primer segundo del individuo en un segundo (FEV1). Sin embargo, el significado real y las consecuencias que esto pueda tener en la infección por el SRAS- CoV-2 en los pacientes de EPOC de momento no se conocen”.

En cuanto al asma, Vicente Plaza, director del Servicio de Neumología y Alergia del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, de Barcelona, y director del Comité de Formación y Docencia de la Separ, señala que la evidencia disponible hasta la fecha muestra que padecer esta enfermedad respiratoria crónica no parece asociarse de forma independiente a una mayor probabilidad de desarrollar la Covid-19 o fallecer a causa de esta patología infecciosa. “No obstante, se recomienda mantener la cautela con los pacientes con asma mal controlada, particularmente aquellos que padecen asma grave. En relación con el asma alérgica, sucede lo mismo que con el asma en general: las series de casos recogidas en China no mostraron una mayor asociación de la Covid-19 con las enfermedades alérgicas en general”.

Repercusión en la esfera cardiovascular

Con respecto a las consecuencias y complicaciones que puede tener la Covid-19 en estos pacientes, para Rodríguez, “en el caso de la EPOC resulta claro que pueden sufrir nuevas comorbilidades o el agravamiento de las previas, con especial repercusión en la esfera cardiovascular, y también que la infección podría tener un impacto en la función pulmonar de alcance indeterminado. No hay que olvidar tampoco el mayor riesgo de complicaciones tromboembólicas que deben entrar en el diagnóstico diferencial en caso de empeoramiento de la disnea o de la clase funcional”.

José Miguel Rodríguez incide en que el efecto a medio y largo plazo sobre los síntomas, exacerbaciones y el pronóstico vital de los pacientes con EPOC que contraen la Covid-19 es desconocido, por lo que se impone un seguimiento estrecho y diferenciado para estudiar la evolución que manifiesten.

“De lo que se ha observado hasta ahora, y refiriéndonos a los datos de España, se ha visto que los pacientes con enfermedad respiratoria preexistente evolucionan peor, con formas neumónicas más graves; ingresan más en UCI y durante un tiempo más prolongado, y presentan una mayor mortalidad. Pero repito que es necesario esperar a los análisis de las bases de datos que tenemos ya en marcha para conocer realmente cuál ha sido la situación de las distintas patologías respiratorias, como la EPOC y el asma, durante la pandemia”, añade Rodríguez.

En cuanto a las medidas de prevención, ambos especialistas señalan que estos pacientes deben seguir las mismas pautas que la población general para protegerse del contagio, siendo especialmente recomendable el abandono del tabaquismo, en caso de que aún continúen fumando. “La actitud del asmático bien controlado frente a la pandemia no difiere de la de otra persona sin asma”, dice Vicente Plaza.

Además, comenta que “en el caso del asma no controlada, deberán extremarse las medidas preventivas, especialmente si se trata de un asma grave. Pero en todas las situaciones, lo más importante es no abandonar el tratamiento habitual prescrito, en particular los corticoides inhalados. Hay que tener presente que, en estos casos, el riesgo que implica dejar esta medicación es mayor que la infección vírica”.

Mismas pautas… con algún reajuste

Respecto a las pautas de tratamiento, éstas deben mantenerse, aunque teniendo en cuenta la introducción de algunos cambios concretos, que comenta José Miguel Rodríguez: “Se deben evitar los aerosoles, por el riesgo elevado de dispersión de partículas, y utilizar siempre inhaladores de polvo o con cámara de inhalación. Además, hay que realizar una higiene muy rigurosa de los dispositivos y, en caso de utilizar oxígeno domiciliario, también de las gafas nasales utilizadas en su administración”.

En la misma línea, y en el caso concreto de los pacientes asmáticos infectados, Vicente Plaza hace hincapié en que éstos no deben emplear nebulizadores para la aerosolización de fármacos, sino usar en su lugar dispositivos acoplados a espaciadores o cámaras de inhalación. “También deben evitarse los equipos de ventilación no invasiva de una sola rama y sin filtro bacteriano ubicado antes del puerto de salida. En relación al uso de fármacos biológicos, ante la falta de evidencia, se recomienda individualizar cada caso”.

Hay estudios que vinculan la ECA2 con un potencial mayor riesgo de y desarrollar una infección grave en pacientes con EPOC infectados

En general, tanto el tratamiento del asma como el de la EPOC son compatibles con las opciones terapéuticas que se están empleando para el abordaje de los pacientes de Covid-19, de ahí la importancia de no alterarlo en caso de infectarse. “Los tratamientos inhalados basados en broncodilatadores de acción prolongada (antimuscarínicos y beta-2 agonistas) y corticoides inhalados no deben modificarse, y el paciente debe continuar con ellos. De hecho, se está debatiendo sobre un posible efecto protector de esta medicación, en especial los corticoides inhalados, frente a la infección por SRAS-CoV-2, tanto en pacientes con EPOC como, sobre todo, en aquellos que padecen asma”, comenta Rodríguez.

Nuevo contexto a incluir en las guías

Sobre las posibles interacciones o problemas derivados de combinar ambos tratamientos, Vicente Plaza explica que entre los pacientes que padecen asma, el principal efecto secundario observado es el trastorno del ritmo cardiaco, “en concreto, el alargamiento del intervalo QT, cuando el tratamiento del asma se asocia a algunas de las opciones terapéuticas que se están empleando para la Covid-19, o también un aumento de la toxicidad en general de los corticoides inhalados y parenterales si se combinan con algunos de estos fármacos; de ahí la necesidad de extremar la vigilancia clínica en estas situaciones, ya que es posible que en algún caso se deba considerar ajustar las dosis, al alza o a la baja”.

Todos estos aspectos comentados por Plaza se recogen en el apartado específico sobre la relación entre asma y Covid-19 incluido en la nueva edición de la Guía Española para el Manejo del Asma (GEMA), versión 5.0, un documento de consenso entre expertos de 17 sociedades científicas españolas y extranjeras que acaba de publicar la Separ y de cuyo contenido Vicente Plaza destaca tres aspectos clave: “La constatación de que la evidencia arrojada hasta ahora parece sugerir que padecer asma no contribuye a un mayor riesgo de Covid-19; la inclusión de lo que es el principal consejo para el paciente de asma en este contexto: que no abandone el tratamiento inhalado habitual; y la tabla resumen que, de forma exhaustiva, evalúa el riesgo de interacción farmacológica entre los tratamientos habituales del asma y los que se emplean actualmente para la Covid-19”.

#El #SRAS-CoV-2 no estaría asociado directamente a #complicaciones neurológicas

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Un análisis de un centenar de pruebas de imagen concluye que no se puede demostrar que las complicaciones neurológicas de algunos pacientes estén causadas por el coronavirus.

Parte del equipo del Hospital de Bellvitge, analizando las pruebas de imagen.
Parte del equipo del Hospital de Bellvitge, analizando las pruebas de imagen.

El equipo médico del área de neurorradiología del Instituto de Diagnóstico por la Imagen (IDI) Metropolitana Sur (Hospital Universitario de Bellvitge) ha elaborado uno de los estudios más amplios sobre el papel de la neuroimagen en las afectaciones neurológicas detectadas en algunos de los pacientes infectados por la Covid- 19, tales como cefaleas, convulsiones o ictus. Titulado Neurological involvement in Covid-19: cause or coincidence? A Neuroimaging perspective, ha sido dirigido por Albert Pons y Pablo Naval y se publicado en American Journal of Neuroradiology. También han participado en la investigación Carlos Majós, Ángeles Caminos, Pedro Cardona, Mónica Cuerpo y Nahum Calvo.

Desde que se declaró la pandemia mundial de coronavirus, en todo el mundo se ha constatado que algunos pacientes que sufren la Covid-19 desarrollan afectaciones neurológicas. Desde afectaciones menores, como cefaleas, hasta otras muy graves como accidentes cerebrovasculares graves.

Para contribuir a mejorar en el conocimiento de esta enfermedad desde su especialidad, los neurorradiólogos de Bellvitge analizaron retrospectivamente las pruebas de neuroimagen a que se habían sometido 103 de los más de 2.249 pacientes diagnosticados con Covid-19 que se habían tratado en el hospital en el momento de iniciar el estudio. Se trataba de tomografías computerizadas (TC), resonancias magnéticas (RM) y angiografías por TC que se habían practicado a enfermos que mostraban síntomas neurológicos.

Relación causa-efecto

El objetivo era constatar si había presentaciones neurorradiológicas características o signos radiológicos que orientaran a un daño directo del virus sobre el sistema nervioso central, y valorar el grado de relación causa-efecto entre el coronavirus y las alteraciones neurológicas, en ocasiones coincidentes con la enfermedad pero sin relación directa con ella. En este sentido, los resultados del estudio concluyen que no se han detectado presentaciones neurorradiológicas características ni signos de daño directo del virus sobre el sistema nervioso central aunque algunos daños por mecanismos indirectos parecen totalmente plausibles.

Por otra parte, muchos pacientes con síntomas neurológicos tienen pruebas de neuroimagen normales y otros presentan síntomas meramente circunstanciales con la enfermedad, sin una relación directa, aunque faltan más estudios para confirmarlo.

Por un lado, los motivos de examen de neuroimagen más frecuentes fueron: síntomas neurológicos no focales leves (confusión, cefalea), códigos ictus, síntomas neurológicos focales, encefalopatía post-sedación y convulsiones. Sin embargo, los investigadores señalan que estas afectaciones no son exclusivas de la Covid-19 y en muchas ocasiones tienen un origen multifactorial.

El estudio también indica que no se detectaron casos de encefalitis o signos que sugirieran una afectación directa por el virus del sistema nervioso central. Trece pacientes presentaron hallazgos propios de eventos cerebrovasculares agudos, siete de ellos hemorrágicos. Pero la mayoría de pacientes con isquemia tenían múltiples factores de riesgo vascular, si bien no fue así con las hemorragias.

La sospechosa coagulopatía

Por otra parte, los autores analizan desde un punto de vista crítico la literatura que relaciona la Covid-19 y el sistema nervioso central. Concluyen que la bien demostrada coagulopatía asociada al virus puede aumentar lógicamente el riesgo de eventos cerebrovasculares, más hemorrágicos en su experiencia, pero indican que se requieren estudios futuros con grupos de control estratificados por factores de riesgo para determinar el impacto real.

Finalmente, creen que entidades parainfecciosas autoinmunes (como el síndrome de Guillain-Barré) parecen plausibles, tal como lo son también en el contexto de otros procesos infecciosos. Además, destacan el hecho de que un gran número de pacientes sintomáticos mostraron exploraciones neurorradiológicas normales.

Pons remarca la importancia de compartir las experiencias vividas con el virus con la comunidad científica, sobre todo en las regiones más fuertemente golpeadas por la pandemia, y de esta manera aumentar día a día el aún escaso conocimiento de muchas vertientes de esta enfermedad. Basándose en su trabajo, llevado a cabo con las limitaciones propias de un estudio realizado durante una intensa crisis sanitaria, considera que no se pueden extraer conclusiones sobre presentaciones concretas de la Covid-19 en la neuroimagen y que los hallazgos radiológicos patológicos parecen ser causados por mecanismos de daño indirecto, o incluso a veces son circunstanciales y no directamente relacionadas con el virus.

#Al #SRAS-CoV-2 no le gusta tomar el sol

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Las costumbres víricas apuntaban a la estacionalidad del nuevo coronavirus. Varios estudios parecen ir confirmando su repulsión hacia la humedad y las temperaturas elevadas.

Silueta de una playa con el sol al fondo
El nuevo coronavirus parece huir de los rayos solares, al igual que otros virus estacionales.

Una de las dudas, y esperanzas, frente a la pandemia por el SRAS-CoV-2 era si se vería afectado por la temperatura, por la llegada del calor. Varios estudios chinos ya habían alentado esa posibilidad, así como experimentos de laboratorio y experiencias previas con otros coronavirus y virus de la gripe. Así, un ensayo en laboratorio publicado en abril en The Lancet Microbe había comprobado que el SRAS-CoV-2 era muy estable a 4 °C pero sensible al calor. El tiempo de supervivencia del virus fue de 5 minutos a una temperatura de incubación de 70 °C, y a 22 ºC el virus desaparecía a los 14 días y duraba un día a 37 ºC. ¿Tendría por tanto características estacionales? Tres estudios que se acaban de publicar en Science of the Total Environment parecen confirmar esas sospechas.

En el primero de ellos, un equipo de la Universidad Federal de Tocantins, en Brasil, ha analizado la relación entre la temperatura y los casos confirmados recopilados del 27 de febrero al 1 de abril en las 27 capitales de estado de Brasil afectadas por el coronavirus. Los modelos aplicados sugieren una relación lineal negativa entre las temperaturas y los casos diarios acumulados de Covid-19 en el rango de 16,8 °C a 27,4 °C. Cada aumento de temperatura de 1 °C se asoció con una disminución de −4,8% en el número de casos diarios confirmados. En este estudio, que presenta las temperaturas tropicales de Brasil, la variación en las temperaturas promedio anuales osciló entre 16,8 °C y 27,4 °C. Los resultados indican que la curva se aplanó en un umbral de 25,8 °C, si bien no hay evidencia, por falta de datos, que respalde que la curva disminuyera para temperaturas superiores a 25,8 °C.

El segundo estudio, a cargo de Al Asyary y Meita Veruswati, de dos universidades de Indonesia, analiza la correlación entre la exposición a la luz solar y el pronóstico de enfermos de Covid-19 en Yakarta (Indonesia). Examinaron las tasas de incidencia, muerte y recuperación. Solo el número de pacientes recuperados se correlacionó significativamente con la exposición a la luz solar. Los autores matizan que la luz solar no basta para eliminar al virus, por lo que no previene la infección, pero ayuda a mantener el estado de salud de los contagiados. Es sabido que la luz solar estimula el sistema inmunitario, lo que ralentiza el desarrollo de agentes como la influenza, la tuberculosis y el SARS. En este caso, los pacientes de Covid-19 que disfrutaron de luz solar mientras eran atendidos, ya sea en hospitales o en el hogar, tenían más probabilidades de recuperarse de la enfermedad. Puede que a ello contribuya la producción de vitamina D, que potencia la inmunidad.

En el tercer estudio, el equipo de Yu Wu, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Pekín, ha explorado los efectos de la temperatura y humedad en los casos diarios y muertes por Covid-19 en 166 países, excluida China. Basándose en la influencia de los parámetros meteorológicos sobre las infecciones respiratorias, han observado que la temperatura y humedad relativa se relacionaron de modo negativo con la progresión de la infección. Un aumento de 1 ºC se asoció con un 3,08% de reducción en los nuevos casos diarios y con un 1,19% menos de nuevas muertes, mientras que un aumento del 1% de la humedad relativa causaba un 0,85% de reducción de nuevos casos y un 0,51% de reducción en las muertes. La baja humedad parece que facilita que las partículas virales sobrevivan más tiempo en el aire. Además, reduce la capacidad de las células ciliares de las vías respiratorias para eliminar esas partículas virales y secretar moco, exponiendo así al huésped al virus.

De Hokkaido a Okinawa

En la misma línea, el equipo de Mugen Ujiie y Shinya Tsuzuki, del Centro Nacional de Salud Global de Tokio, en Japón, publica en International Journal of Infectious Diseases otro trabajo sobre la temperatura y la infectividad del SRAS-CoV-2. Con datos de las prefecturas (provincias) japonesas, evaluaron la relación entre el número de pacientes acumulado por millón de habitantes y la temperatura media en febrero de 2020 en cada prefectura. Tuvieron en cuenta el número de visitantes llegados de China en enero y la tasa de envejecimiento a fin de reflejar la heterogeneidad de las situaciones. Aunque la estacionalidad del SRAS-CoV-2 no ha sido empíricamente demostrada, es plausible que muestre alta infectividad en el invierno, como otros betacoronavirus. “Nuestros resultados sugieren que la baja temperatura puede acrecentar la infectividad de este virus. Okinawa, por ejemplo, la zona japonesa más meridional, de clima subtropical, solo ha registrado 3 casos. En cambio, Hokkaido, la más septentrional, en la zona subártica, tuvo el mayor número de casos registrados de Japón”.

Los epidemiólogos nipones advierten de que hay que desglosar bien los focos de contagios y sus contactos sociales, así como las aglomeraciones urbanas, factores que lógicamente aumentan los casos. Aun así, observan que en Hokkaido hay una menor densidad de población que en Tokio y se ha visto más afectada que la capital japonesa. Es decir, tras ajustar otros factores, “sí parece que las bajas temperaturas muestran una fuerte relación con un mayor número de casos”.

Quizá esta susceptibilidad al calor explique en parte el menor número de contagios, por ejemplo, en Andalucía. Sin embargo, la existencia de casos en África o en Australia indica que la elevada infectividad del SRAS-CoV-2 puede vencer en ocasiones temperaturas altas, por lo que no hay que confiarse demasiado y, mientras no desaparezca achicharrado por el calor o frenado por una vacuna, haya que seguir defendiéndose de sus garras con mascarillas, higiene, distanciamiento social y rápido control de los contagiados y sus contactos. La llegada del calor puede ser una tregua bienvenida, pero la presunta estacionalidad del nuevo coronavirus es a la vez una amenaza latente para el próximo invierno que se sumaría a la gripe anual y a las otras infecciones respiratorias que huyen del agua y de la luz.