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#La #obesidad infantil aumenta con el uso de la #tecnología

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La circunferencia de cintura en la infancia y adolescencia ha aumentado junto con el tiempo que pasan delante del televisor, la computadora, el teléfono celular y la tableta, según afirman médicos de Europa.[1]

En los últimos 25 años, la tasa de obesidad creció rápidamente en los niños y adolescentes europeos, de acuerdo con una declaración de consenso que la European Academy of Pediatrics y el European Childhood Obesity Group publicaron el 22 de noviembre en la versión electrónica de Acta Paediatrica.

Uno de cada cinco niños y adolescentes de Europa tiene sobrepeso u obesidad, de acuerdo con un estudio del 2017 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), notaron los autores.

Actualmente, el 97% de los hogares de Europa tiene televisor, el 72% tiene una computadora, el 68% posee acceso a internet y el 91% tiene teléfonos celulares, de acuerdo con la declaración.

Esto ha provocado un aumento en el tiempo frente a la pantalla, lo que contribuye a un sueño inadecuado, peores hábitos alimenticios y menos ejercicio, todo lo cual puede hacer que sea más fácil para los niños tener sobrepeso, sostienen los autores.

“Se ha demostrado que los medios de comunicación masivos tienen un amplio efecto en la salud infantil y pueden afectarlos fisiológicamente y tener un impacto en su funcionalidad sociocultural y su bienestar psicológico”, indicó el Dr. Adamos Hadjipanayis, investigador de la European University Cyprus, en Nicosia, Chipre, y secretario general de la European Academy of Pediatrics .

“Hay evidencia de que existe una fuerte asociación entre la obesidad en los países de Europa y la exposición de los niños a los medios”, agregó.

Los padres son parte del problema, argumentan el Dr. Hadjipanayis y sus colaboradores.

Aun cuando el tiempo de uso de pantallas aumenta en los niños, los padres demuestran tener poca conciencia de lo que sus hijos hacen en línea o de cuánto tiempo pasan con las tabletas, los celulares y las computadoras, enfatiza la declaración.

La publicidad de alimentos es otro problema, ya que puede convencer a los niños a que anhelen y demanden más comida chatarra y les haga menos propensos a comer sus frutas y verduras, señala también la declaración. Los niños también tienden a consumir una gran parte de sus calorías diarias mientras miran televisión, cuando los anuncios pueden influir en sus elecciones de alimentos.

La solución, de acuerdo con el consenso, incluye aumentar la supervisión.

“Cuando disminuyen su tiempo de televisión, también lo hace su peso”, dijo el Dr. David Hill, presidente de la American Academy of Pediatrics (AAP) Council on Communications and Media, investigador en la University of North Carolina School of Medicine, en Chapel Hill, Estados Unidos.

“La publicidad de alimentos parece impulsar esta relación, al contrario que la disminución de la actividad física. El sueño también es una gran preocupación”, dijo por correo electrónico el Dr. Hill, quien no participó en la declaración. “El uso de pantallas antes de acostarse interfiere con la calidad y la duración del sueño, y el mal sueño contribuye a la obesidad”.

La APP tiene consejos para los padres sobre cómo administrar los medios en línea, dijo el Dr. Hill.

El sentido común debería prevalecer, dijo la Dra. Jennifer Emond, investigadora de la Geisel School of Medicine en el Dartmouth College en Lebanon, Estados Unidos, quien no participó en la declaración.

“Limite el tiempo de los medios de comunicación todos los días, que no haya pantallas en el dormitorio y asegúrese de que los medios a los que los niños están expuestos sean de alta calidad”, dijo la Dra. Emond por correo electrónico. “En cuanto a las redes sociales, los padres deberían tener acceso a los sitios de redes sociales de sus hijos y supervisar la interacción de sus hijos con las redes sociales, lo que tiene beneficios más allá de promover un peso saludable”.

Los padres de niños que ya pasan horas al día en línea y viendo varias pantallas, tal vez quieran reducir el uso de estos medios de forma gradual para hacer más efectivos los cambios, dijo Erica Kenney, MPH, doctora en ciencias, investigadora de la Harvard T.H. Chan School of Public Health, en Boston, Estados Unidos, quien no participó en la declaración.

“Si los padres descubren que sus hijos usan estos medios por algo así como 7 horas al día o más, lo que parece ser bastante típico, intentar bajarlo de golpe a 2 horas al día probablemente no sea exitoso”, dijo Kenney por correo electrónico. “Implementar reglas graduales para ayudar a los niños a reducir su uso probablemente funcione mejor”.

#Cambiar hábitos mediante la #tecnología (II)

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En materia de prevención no se cumple necesariamente la premisa de que cuanta más información se tenga, mejores decisiones se adoptan. Es un problema clásico de Salud Pública. El mensaje, por poner un ejemplo, de que el tabaco es altamente dañino es ubicuo y rotundo. Lo reciben directamente los fumadores cada vez que adquieren una cajetilla, impreso e incluso ilustrado en ella. Pero eso no basta para que renuncien al hábito, y de ahí que se hayan establecido estrategias más amplias -espacios sin humo, ayuda a la deshabituación, penalizaciones fiscales- para mitigar los efectos de ese consumo. Si la mera información sobre un problema sirviera para evitar cabalmente ese problema, todo sería más fácil. Pero el comportamiento humano es bastante más complejo.

Esta reflexión se hace necesaria para ponderar el efecto que los cuantificadores (o como más comúnmente se denominan, wearables) pueden tener para modificar hábitos. Puede pensarse que si una persona mínimamente motivada dispone de mayor conocimiento sobre lo que le pasa podrá orientar sus acciones hacia modelos más adecuados de prevención. Aunque esto resulta razonable, a día de hoy no existen estudios a gran escala que valoren, por ejemplo, el impacto en la salud de los dispositivos de medida de la actividad física. Lo que sí está ocurriendo es que estos se popularizan cada vez más y se han hecho muy habituales en nuestro entorno.

Cada vez más variables.

El éxito de los wearables se debe a dos innovaciones principales. La primera es que no son intrusivos. Pueden registrar datos sin ningún coste de transacción para el usuario, esto es, sin que se deba emplear ninguna energía adicional para conseguirlos. Basta llevar un pequeño dispositivo en la muñeca o en el bolsillo, y ya podremos disponer de unos registros amplios y suficientemente fiables sobre nuestra actividad vital. La segunda es que a la par que el cuantificador existe una aplicación de software -la app en el móvil y su posible reflejo en la web- encargada de gestionar la información y, sobre todo, presentarla de manera muy atractiva. Sin esa posibilidad de mirarnos en un espejo de datos probablemente no existiría la curiosidad inicial que ha llevado a millones de personas a probar el uso de estos pequeños dispositivos. No deja de asombrar que podamos saber con exactitud el momento del día en el que subimos unas escaleras, si nuestro corazón se acelera cuando desayunamos, o si damos muchas vueltas mientras dormimos.

Los primeros cuantificadores eran aquellos podómetros de cinturón que mediante un sistema mecánico de escasa precisión nos decían el número de pasos que dábamos. Los primeros de la nueva generación digital también actuaban como podómetros, pero con particularidades mucho más sofisticadas. Podemos ajustar la distancia de nuestra zancada y deducir así distancias recorridas, o saber cuándo se está andando, cuándo se corre, cuándo se suben escaleras o cuándo se reposa en una cama y se inicia el sueño. Y con todo ello, deducir también el gasto calórico del esfuerzo realizado. En cualquiera de estos sistemas (como el ya clásico Fitbit One) existe un sensor de movimiento pero sobre todo unos algoritmos que interpretan ese movimiento, y así aumenta la posibilidad de análisis inteligente. Ese algoritmo es el que permite crear información a partir de los datos, y constituye el auténtico valor del dispositivo.

Tras los sensores de movimiento llegaron otros que nos acercaban a variables fisiológicas de interés clínico. La primera, la frecuencia cardiaca, que se mide a través de un haz de luz que incide por vía transdérmica captando el latido arterial periférico. Es el que incorporan dispositivos como la mayoría de los Fitbit, el Apple Watch, los diversos modelos de Samsung Wear o los más recientes de Xiaomi. Conocer el ritmo cardíaco a lo largo de períodos prolongados de tiempo tiene enorme interés. No es sólo una magnitud útil para los aficionados al deporte -que pueden calibrar mejor las fases de su esfuerzo- sino que permite valorar en cualquier persona, y con aceptable exactitud, el nivel de pulsaciones en reposo o su capacidad de reacción y recuperación en actividad. Algunos grupos de investigadores han propuesto la idea de adaptar el software de estos dispositivos para detectar arritmias, y es un área prometedora por la sencillez con la que se podría generar una alerta relativa a una situación de relevancia clínica, o disponer de valoraciones retrospectivas y en condiciones de vida real de determinados pacientes. Hasta el momento no existen modelos clínicamente validados para esta utilidad.

Una de las novedades más recientes consiste en incorporar un pulsioxímetro en los relojes inteligentes, que al igual que detectan los latidos mediante una luz led de gama verde, podrían ofrecer datos del nivel de saturación de oxígeno en sangre mediante un led de gama roja. Esta es la muy reciente novedad que ha ofrecido el dispositivo Fitbit Ionic, y se piensa que puede contribuir a detectar y cuantificar fases de apnea del sueño. Sin embargo, la carrera más importante que se ha emprendido es la que pretende desarrollar un dispositivo wearable que informe de los valores de glucemia plasmática en tiempo real. Aunque todavía no existe ese dispositivo -se están ensayando diversas aproximaciones, incluyendo una lentilla con sensores y capacidad de transmisión de datos- el día que se pueda comercializar habrá cambiado definitivamente el abordaje clínico y sanitario de la obesidad y la diabetes.

Todavía existen muchas incertidumbres.

Lo que parece claro es que algunos dispositivos, como los relojes inteligentes que las marcas sacaron al mercado para ver cómo eran recibidos por los consumidores, cada vez se posicionan de una manera más nítida por su capacidad para medir variables fisiológicas. Seguramente es la primera motivación que una gran mayoría de usuarios tienen para adquirirlos, por encima de la opción de emplearlos como extensión del sistema de notificaciones del teléfono móvil. Esta tendencia se aprecia mucho en los últimos desarrollos de los modelos más vendidos.

En términos de utilidad -o, incluso, hablando de su efectividad como dispositivos que pueden producir una mejora consistente y recurrente del estado de salud-, las dos limitaciones que existen son la de la fiabilidad de los sistemas de medida y la creación de sistemas complementario que faciliten su uso para motivar cambios duraderos en el comportamiento de las personas. Sobre lo primero, ya se están publicando estudios de calibración independiente de las medidas que ofrecen, como el ritmo cardíaco, y ese es el paso previo a poder realizar análisis de validez clínica sobre determinadas condiciones del paciente en su vida cotidiana. Sobre lo segundo, los incentivos hacia una conducta más activa y saludable y menos sedentaria o pasiva consisten fundamentalmente en opciones de socialización (compartir los logros con otras personas), gamificación (obtención de medallas o galardones por la consecución de metas) o los propios mensajes de estímulo que las aplicaciones pueden generar. Un ámbito de interés para la psicología del comportamiento puede ser el de generar modelos adherentes de cambios conductuales que permitan aprovechar la potencialidad de los medidores, orientados a la mejora de la salud de las personas.

Estamos en un momento incipiente y apenas apreciamos una parte muy pequeña de las posibilidades médicas que ofrecerá la cuantificación. No parece iluso pensar que en un futuro podrán medirse muchas más variables, y correlacionarse entre sí de forma automática. Si fuera posible evolucionar desde la disponibilidad de datos hacia su aplicación real en la mejora de la salud de las personas estaríamos, con toda seguridad, ante uno de los usos más valiosos de la tecnología digital.

 

5 links para saber más.

Counting every moment

http://www.economist.com/node/21548493

Fitbit is working on how to detect irregular heartbeats

https://www.wareable.com/fitbit/fitbit-working-on-detecting-irregular-heartbeat-4955

Accuracy in Wrist-Worn, Sensor-Based Measurements of Heart Rate and Energy Expenditure in a Diverse Cohort

http://www.mdpi.com/2075-4426/7/2/3/htm

Wearable Devices as Facilitators, Not Drivers, of Health Behavior Change

http://jamanetwork.com/journals/jama/article-abstract/2089651

5 psychological challenges facing wearables, quantified self and behavior change apps

https://thenextweb.com/dd/2014/09/11/5-psychological-challenges-facing-wearables-quantified-self-behavior-change-apps/#.tnw_VThSrB7t

 

#Cambiar hábitos mediante la #tecnología (I)

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Está fuera de discusión que los hábitos condicionan el estado de salud y la aparición de patologías. El estilo de vida que llevamos es el factor que en mayor medida determina nuestra condición vital (algunos estudios de ponderación le atribuyen un peso específico del 43%), seguido de la herencia genética (a la que se asigna un 27%), el medio ambiente o entorno en que se vive (un 19%) y el sistema sanitario (el 11% restante). Sean cuales sean las proporciones, lo que resulta evidente es que el organismo humano tiende a producir disfuncionalidades y patologías en la medida en que esté más o menos expuesto a factores que en el fondo dependen de comportamientos libres, como la alimentación, el ejercicio físico o hábitos como el consumo de alcohol o tabaco. Dentro de nuestro entorno occidental, las patologías que registran mayores tasas de morbi-mortalidad son también las que más directamente se pueden relacionar con hábitos inadecuados o directamente dañinos.
Seguramente nadie ignora las consecuencias probables de una vida sedentaria o una ingesta inadecuada, cuantitativa o cualitativamente desequilibrada. Pero a pesar de que el conocimiento y los consejos abundan, la parte de la población que hace de ellos un elemento de compromiso y motivación para evitar los riesgos es mínima. Por sí sola, la educación sanitaria parece insuficiente. Y es entonces cuando se plantean estrategias de cambios en los comportamientos que, actualmente, tienen mucho que ver con lo que pueden aportar las tecnologías de última generación.

El reto: generar cambios de comportamiento duraderos.

Hace ya bastantes años las autoridades sanitarias de un país centroamericano tuvieron la idea de incorporar determinados consejos de salud en los episodios de una muy seguida telenovela. En concreto, pretendían aumentar la conciencia en las mujeres sobre el cáncer de mama, y proponer una actitud de cuidado personal basada en la autoexploración. Hicieron que la protagonista de la serie hablara de ello, y contara dentro del guión la manera en la que realizar una exploración o detectar signos de sospecha. Y en efecto, la idea tuvo impacto. Mientras se emitieron los episodios aumentó muy significativamente el número de mujeres que consultaban sobre cáncer de mama en los servicios de salud comunitaria, y parecía haberse logrado un positivo efecto educador de la población susceptible. Pero posteriormente apareció un problema: cuando la telenovela terminó aquellos consejos dejaron de mantenerse en el recuerdo. No había servido de mucho porque el reto, auténticamente, era hacer duradera una determinada pauta de autocuidado.
Una reto parecido -la recurrencia en los efectos de una correcta actitud de cuidado de la salud- es lo que motivó la creación del proyecto Omada. Se trata de una plataforma digital que combina la tecnología actual con el conocimiento, más antiguo, de la ciencia del comportamiento humano, y se orienta a mejorar la prevención de la obesidad y los factores de riesgo que conducen hacia una patología cardiovascular o diabética. Omada es seguramente el modelo integral de la llamada “terapéutica digital” más evolucionado, y el que más éxito está teniendo en términos de aceptación por profesionales y pacientes y, por consiguiente, de mercado. Su origen está en los grupos vecinales de autoayuda de Estados Unidos a los que acudían personas con sobrepeso, buscando mediante la conversación la motivación necesaria para mejorar sus hábitos dietéticos. Los creadores de Omada pensaron que las plataformas digitales podrían servir para emular esos niveles de relación y motivación, y además se podrían integrar nuevas funciones como los consejos personalizados o la llevanza cuantitativa de los progresos. El usuario de Omada puede calcular mediante un cuestionario el riesgo para la salud que acarrea su estado actual, y a partir de ahí incorporarse en un programa motivacional de medio plazo según los objetivos que se haya trazado.
Una de las originalidades de Omada ha sido combinar el manejo on-line de las variables que afectan al paciente con la personalización de la ayuda que ofrece, a cargo de unos asesores personales llamados “Health Coach” (que no se corresponden con una profesión sanitaria específica).
Omada funciona, o al menos eso parece. Algunas compañías aseguradoras americanas lo han incorporado como una especie de “prescripción digital” para aquellos pacientes que puedan aprovecharlo para mejorar sus parámetros de riesgo cardiovascular o de diabetes tipo II, y con ello ahorrar futuros costes de tratamientos. La propia empresa se ha comprometido a evaluar, a la luz de la evidencia que vaya registrando, la efectividad y el coste-efectividad de su contribución a la mejora de los factores de riesgo y la morbilidad asociada.

 Un número que define un estado de salud.
Otra de las ideas que se han puesto en marcha para motivar mejoras de hábitos de carácter duradero consiste en proporcionar al usuario de una aplicación un indicador que resuma su estado de salud, y proponerle acciones para que este número mejore poco a poco. Se trataría de que se habituaran a gestionar determinadas variables que, agregadas, pueden resultar dañinas o beneficiosas. Ésta es la orientación que tiene Dacadoo, una empresa suiza que acaba de recibir una inversión del gigante japonés de los servicios de internet Rakuten. Lo que hace Dacadoo es calcular una cifra entre 1 y 1000 (la escala es discrecional, y se denomina “Health Score”), que mejora si mejoran determinados hábitos como las horas de sueño, el ejercicio físico o la alimentación. La plataforma contienen funciones educativas para que sus usuarios puedan entender mejor sobre aquello que les beneficia o perjudica, y así orientar su comportamiento hacia decisiones saludables. Su uso se puede socializar, de manera que cualquier persona pueda compartir sus progresos con otros, organizar actividades conjuntas y generar estímulos y recompensas por la consecución de determinadas metas.
Dacadoo afirma que el sedentarismo es el nuevo tabaquismo, y que hay que establecer pautas saludables acordes con los condicionantes de la vida urbana. Una de sus líneas de actividad se orienta a las compañías de seguros de vida y salud, que pueden ofrecer descuentos y ventajas a aquellos clientes que mediante este instrumento se comprometan con la mejora en sus condiciones vitales.

 5 links para saber más.
Omada Health: Becoming a Gold Standard for Digital Health Interventions  https://digit.hbs.org/submission/omada-health-becoming-a-gold-standard-for-digital-health-interventions/

#Cambiar hábitos mediante la tecnología (I)

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Está fuera de discusión que los hábitos condicionan el estado de salud y la aparición de patologías. El estilo de vida que llevamos es el factor que en mayor medida determina nuestra condición vital (algunos estudios de ponderación le atribuyen un peso específico del 43%), seguido de la herencia genética (a la que se asigna un 27%), el medio ambiente o entorno en que se vive (un 19%) y el sistema sanitario (el 11% restante). Sean cuales sean las proporciones, lo que resulta evidente es que el organismo humano tiende a producir disfuncionalidades y patologías en la medida en que esté más o menos expuesto a factores que en el fondo dependen de comportamientos libres, como la alimentación, el ejercicio físico o hábitos como el consumo de alcohol o tabaco. Dentro de nuestro entorno occidental, las patologías que registran mayores tasas de morbi-mortalidad son también las que más directamente se pueden relacionar con hábitos inadecuados o directamente dañinos.
Seguramente nadie ignora las consecuencias probables de una vida sedentaria o una ingesta inadecuada, cuantitativa o cualitativamente desequilibrada. Pero a pesar de que el conocimiento y los consejos abundan, la parte de la población que hace de ellos un elemento de compromiso y motivación para evitar los riesgos es mínima. Por sí sola, la educación sanitaria parece insuficiente. Y es entonces cuando se plantean estrategias de cambios en los comportamientos que, actualmente, tienen mucho que ver con lo que pueden aportar las tecnologías de última generación.

El reto: generar cambios de comportamiento duraderos.

Hace ya bastantes años las autoridades sanitarias de un país centroamericano tuvieron la idea de incorporar determinados consejos de salud en los episodios de una muy seguida telenovela. En concreto, pretendían aumentar la conciencia en las mujeres sobre el cáncer de mama, y proponer una actitud de cuidado personal basada en la autoexploración. Hicieron que la protagonista de la serie hablara de ello, y contara dentro del guión la manera en la que realizar una exploración o detectar signos de sospecha. Y en efecto, la idea tuvo impacto. Mientras se emitieron los episodios aumentó muy significativamente el número de mujeres que consultaban sobre cáncer de mama en los servicios de salud comunitaria, y parecía haberse logrado un positivo efecto educador de la población susceptible. Pero posteriormente apareció un problema: cuando la telenovela terminó aquellos consejos dejaron de mantenerse en el recuerdo. No había servido de mucho porque el reto, auténticamente, era hacer duradera una determinada pauta de autocuidado.
Una reto parecido -la recurrencia en los efectos de una correcta actitud de cuidado de la salud- es lo que motivó la creación del proyecto Omada. Se trata de una plataforma digital que combina la tecnología actual con el conocimiento, más antiguo, de la ciencia del comportamiento humano, y se orienta a mejorar la prevención de la obesidad y los factores de riesgo que conducen hacia una patología cardiovascular o diabética. Omada es seguramente el modelo integral de la llamada “terapéutica digital” más evolucionado, y el que más éxito está teniendo en términos de aceptación por profesionales y pacientes y, por consiguiente, de mercado. Su origen está en los grupos vecinales de autoayuda de Estados Unidos a los que acudían personas con sobrepeso, buscando mediante la conversación la motivación necesaria para mejorar sus hábitos dietéticos. Los creadores de Omada pensaron que las plataformas digitales podrían servir para emular esos niveles de relación y motivación, y además se podrían integrar nuevas funciones como los consejos personalizados o la llevanza cuantitativa de los progresos. El usuario de Omada puede calcular mediante un cuestionario el riesgo para la salud que acarrea su estado actual, y a partir de ahí incorporarse en un programa motivacional de medio plazo según los objetivos que se haya trazado.
Una de las originalidades de Omada ha sido combinar el manejo on-line de las variables que afectan al paciente con la personalización de la ayuda que ofrece, a cargo de unos asesores personales llamados “Health Coach” (que no se corresponden con una profesión sanitaria específica).
Omada funciona, o al menos eso parece. Algunas compañías aseguradoras americanas lo han incorporado como una especie de “prescripción digital” para aquellos pacientes que puedan aprovecharlo para mejorar sus parámetros de riesgo cardiovascular o de diabetes tipo II, y con ello ahorrar futuros costes de tratamientos. La propia empresa se ha comprometido a evaluar, a la luz de la evidencia que vaya registrando, la efectividad y el coste-efectividad de su contribución a la mejora de los factores de riesgo y la morbilidad asociada.

Un número que define un estado de salud.

Otra de las ideas que se han puesto en marcha para motivar mejoras de hábitos de carácter duradero consiste en proporcionar al usuario de una aplicación un indicador que resuma su estado de salud, y proponerle acciones para que este número mejore poco a poco. Se trataría de que se habituaran a gestionar determinadas variables que, agregadas, pueden resultar dañinas o beneficiosas. Ésta es la orientación que tiene Dacadoo, una empresa suiza que acaba de recibir una inversión del gigante japonés de los servicios de internet Rakuten. Lo que hace Dacadoo es calcular una cifra entre 1 y 1000 (la escala es discrecional, y se denomina “Health Score”), que mejora si mejoran determinados hábitos como las horas de sueño, el ejercicio físico o la alimentación. La plataforma contienen funciones educativas para que sus usuarios puedan entender mejor sobre aquello que les beneficia o perjudica, y así orientar su comportamiento hacia decisiones saludables. Su uso se puede socializar, de manera que cualquier persona pueda compartir sus progresos con otros, organizar actividades conjuntas y generar estímulos y recompensas por la consecución de determinadas metas.
Dacadoo afirma que el sedentarismo es el nuevo tabaquismo, y que hay que establecer pautas saludables acordes con los condicionantes de la vida urbana. Una de sus líneas de actividad se orienta a las compañías de seguros de vida y salud, que pueden ofrecer descuentos y ventajas a aquellos clientes que mediante este instrumento se comprometan con la mejora en sus condiciones vitales.

5 links para saber más.

Omada Health: Becoming a Gold Standard for Digital Health Interventions https://digit.hbs.org/submission/omada-health-becoming-a-gold-standard-for-digital-health-interventions/

A fondo: Enfermedades del siglo XXI, enfermedades causadas por la tecnología

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Nomofobia, amnesia digital, aislamiento social, depresión… son varios los trastornos que se están detectando entre los adeptos a la tecnología. ¿Están muy generalizados? ¿Cómo ayudar a quien sufre estas enfermedades? ¿Tienen cura?

En los países más desarrollados del mundo, aquellos donde los índices de adopción de Internet alcanzan a casi toda la población, es imposible imaginarse ya rutinas en las que la tecnología no esté implicada. En especial, las puramente TIC. Todo comenzó con el PC. Pero la aparición y posterior popularización de dispositivos fáciles de transportar como los smartphones y las tabletas han sumergido a la sociedad en la vorágine de la conexión permanente. Los dispositivos, entre los que también se encuentran los wearables, se han convertido en una extensión más de nuestro cuerpo. Los ciudadanos del siglo XXI nos encontramos permanente localizables, conocemos las noticias en el mismo instante en que suceden, podemos resolver situaciones en remoto y, en los casos más extremos, apenas levantamos la vista de la pantalla aun estando rodeados de gente.

Y es que la relación de algunos usuarios con la tecnología puede traspasar los límites de la lógica. Puede volverse problemática. Hay quien llega a enfermar por abusar de la tecnología. Y “no sólo enfermar, sino incluso morir”, expone el doctor Antonio Cano Vindel, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), con quien ha hablado Silicon.es. “Por ejemplo, ha habido casos de usuarios de videojuegos que han fallecido tras permanecer tres días jugando sin interrupción para intentar batir un récord”, recuerda. “El uso de nuevas tecnologías puede ayudarnos en muchos sentidos”, de hecho los desarrollos web favorecen cada vez más la accesibilidad para personas ciegas, sordas o con movilidad reducida, se está investigando sobre lentillas para diabéticos y se han lanzado monitores de actividad que incitan a llevar una vida más sana, “pero también puede estresarnos. Y el estrés puede enfermar cuando es demasiado intenso, no hay descanso y se vuelve crónico”.

Un sinfín de enfermedades

“Los efectos nocivos pueden ser de diversa índole”, relata Cano Vindel. “A nivel físico, el abuso tecnológico tiende a producir sedentarismo, obesidad, exceso de activación fisiológica, aumento de la presión arterial, problemas músculo-esqueléticos, síndrome del túnel carpiano, pérdida de visión, ojo seco, entre otros” como problemas auditivos por un uso excesivo de los auriculares o dolor de espalda por sentarse de forma incorrecta ante el ordenador. “A nivel psicológico, puede producir adicciones a distintos aparatos” y “a Internet”, identifica el presidente de la SEAS. Una de esas adicciones se conoce ya como “nomofobia”. Se trata de la necesidad de llevar siempre el teléfono móvil para poder consultarlo, del miedo de salir de casa sin él por un simple olvido, por una avería o porque la batería está descargada. El ‘no sin mi móvil’ afectaría a 3 de cada 5 españoles, según datos del centro de terapias grupales Coaching Club. En esto habrían tenido que ver unas campañas de marketing que los expertos califican de “agresivas y eficaces”.

La popularización insana de la tecnología estaría generando “altos niveles de ansiedad, irritabilidad, pérdida de comunicación social y familiar, estado de ánimo depresivo” y, “en general, todas las consecuencias negativas que puede acarrear el estrés”, resume Antonio Cano Vindel. Aquí entraría también el insomnio. Han aparecido “problemas nuevos, que están comenzando a definirse a nivel internacional como son el tecnoestrés o las tecnoadicciones”. En este sentido, desde el fabricante español de nuevas tecnologías Energy Sistem indican que más de una quinta parte de los jóvenes españoles se ha enganchado a Internet. España sería el país con mayor adicción adolescente a Internet de toda la Unión Europea, donde la media se sitúa en menos de un 13 %. Esta misma firma identifica fenómenos hasta ahora inexistentes como la “whatsappitis” y la “selfitis” o el “phubbing”. Las primeras se refieren a las hiperdependencias a la mensajería instantánea, sobre todo en conversaciones de grupo, y a la toma de autofotos. La selfitis llevaría a personas con problemas de autoestima a compartir imágenes constantemente en redes sociales, aunque también existe la “selfiefobia” que es justo lo contrario. Mientras, el phubbing consiste en prestar más atención al móvil o la tableta que a la gente que te rodea… o, directamente, toda la atención.

 

Fuente-Shutterstock_Autor-Don Pablo_smartphone-telefono-movilOtros inconvenientes que se han detectado son la “editiovultafobia” o el rechazo a saber de los demás por plataformas tipo Facebook por miedo a comparar su vida con la propia, la “retterofobia” o el terror a escribir mal los mensajes por móvil, la“vibranxiety” o esa impresión de sentir vibrar el teléfono incluso si no lo ha hecho, la “telefonofobia” o la ansiedad que causa el timbre del teléfono al no querer recibir llamadas y la “cibercondría” o la investigación online sobre enfermedades en vez de acudir a la consulta del médico de cabecera. El vínculo entre tecnología y salud también golpea a la memoria. Un estudio elaborado por Kaspersky Lab apunta al “efecto Google” o la propensión a olvidar información porque en vez de retenerla por medios propios se confía en las consultas por Internet, o en la revisión de la información que se ha ido acumulando en los equipos informáticos. El 55 % de los españoles todavía intenta recordar, pero un 34 % se va a Internet. Y eso a pesar de que el 22 % borra de su disco duro particular la respuesta online una vez utilizada. De ahí que se hable de amnesia digital. Hoy en día parece más importante acceder rápido a la información que crear una memoria permanente, a largo plazo. Buena parte de los usuarios es incapaz de recordar números de teléfono de familiares o del trabajo.“A su vez, las nuevas tecnologías cambian los comportamientos y pueden acentuar otros problemas como el acoso psicológico”, algo que “puede llevar al ciberacoso”, advierte Cano Vindel. Éste también apunta hacia “la ludopatía, que se hace más grave cuando se desarrolla en Internet”. La lista de enfermedades que han surgido o que empeoran por la existencia de la tecnología ya es larga. ¿Seguirá creciendo? ¿Aparecerán durante los próximos años nuevos trastornos de origen tecnológico? El doctor Cano cree que “las nuevas tecnologías seguirán desarrollándose para bien en muchos casos y también en algún caso para traer nuevos problemas”. Hay que tener en cuenta que “algunas personas ya viven casi exclusivamente ‘dentro de su cerebro’, es decir, activando neuronas, pensamientos, emociones, sentimientos… tan sólo con un aparato, como por ejemplo su teléfono inteligente y sus aplicaciones”. Y eso difícilmente puede concebirse como saludable, como un precedente esperanzador. “La incidencia de los problemas derivados del mal uso de las nuevas tecnologías puede aumentar en los próximos años, como aumentaron en su día las muertes en carretera, al incrementarse el uso del automóvil”.

Síntomas a identificar

Utilizar la tecnología, aprovechar sus ventajas, no significa que se vaya a acabar padeciendo un problema físico o mental. Sin embargo, existe cierto punto en el que hay que comenzar a preocuparse. Y ese punto, como ocurre con “todos los abusos”, es “cuando el sentido común nos dice que se está comenzando a usar de forma excesiva, dañina para el individuo a nivel económico, familiar, social, académico o laboral, y aparecen problemas de salud o malestar”, explica el catedrático de Psicología en la Complutense con el que ha contactado Silicon.es. ¿Cuáles son, por tanto, los síntomas típicos que denotan que dicho uso es perjudicial? “Por ejemplo, un bajón de rendimiento académico, la falta de comunicación familiar o en la pareja, el gasto económico injustificado”, así como “el insomnio, la ansiedad, las somatizaciones, etc. Es decir, los síntomas que” también “se observan en una persona que sufre estrés” por otras causas “o tiene alguna adicción”, aunque no sea tecnológica.

Conviene diferenciar la repercusión directa de los daños colaterales, según Coaching Club. La dependencia obsesiva por el móvil, sin ir más lejos, causa taquicardias y ansiedad, pensamientos de carácter catastrófico, jaquecas, dolor de estómago y sudoración excesiva de las manos. Pero, además, lleva aparejada la desconexión del enfermo con el entorno que le rodea. Éste no ve más allá de móvil, independientemente de dónde se encuentre. Cae en la revisión, una y otra vez, de aquellos mensajes que recibe en busca de significados ocultos. Si no es capaz de comunicarse con algún conocido justo cuando quiere hacerlo, puede perder los nervios. También sufrirá de autoestima baja y de un control enfermizo de sus conocidos, incluida su pareja. Lo curioso es que las denominadas tecnologías de la información y de la comunicación pueden acarrear una “paradójica pérdida de comunicación”, indica Antonio Cano Vindel. Sobre esto se han realizado análisis de “la disminución de la frecuencia de las relaciones sexuales en las últimas décadas” como consecuencia de “los cambios tecnológicos”.

Algunos entendidos han identificado que jóvenes y mujeres se encuentran entre los más proclives a padecer ciertas adicciones y fobias tecnológicas. Pero otros investigadores, como quienes han realizado informes sobre los efectos de la tecnología para Kaspersky Lab, no han hallado diferencias en la incidencia de la amnesia digital, en este caso, por grupos de edad ni sexo. “Quienes más usen estos aparatos” tecnológicos “y más estén descuidando las relaciones sociales, el descanso, el autocuidado en general, la salud” son los que acabarán cayendo, según dice Cano. Y esto, “por supuesto, puede afectar tanto a jóvenes como a adultos”. Los trabajadores más maduros no se libran de este peligro. “Los factores de riesgo para el desarrollo de este tipo de problemas son varios. Por un lado, tenemos factores individuales, como la genética, la personalidad, el nivel de ansiedad y estrés, el estilo de vida o los aprendizajes pasados. Por otro lado, existen factores sociales, como son las modas, la publicidad en los medios o ciertos grupos sociales”, cuenta el experto que preside la SEAS. Así, “algunas personalidades proclives a las adicciones, como la ludopatía, es más fácil que desarrollen adicción a los juegos online”. Cabe recordar asimismo que “los hombres usan más los videojuegos violentos y las mujeres, las redes sociales”, lo que generaría ciertos patrones.

 

Fuente-Shutterstock_Autor-www.BillionPhotos.com_medicina-saludConcluir por qué acaba metida la gente en este tipo de problemas no es sencillo. No hay una única razón. Cada uno tendrá la suya. Pero, ¿un adicto tecnológico es consciente de lo que le está sucediendo? “Los adictos en general suelen ser los últimos en darse cuenta de que tienen un problema”, contesta Antonio Cano Vindel. De hecho buscarían excusas. “¿Qué fumador carece hoy en día de información sobre los efectos letales del tabaco? Y sin embargo, muchos justifican su consumo de tabaco de muchas maneras”, compara este profesional. “No suele haber conciencia de la verdadera magnitud del problema. Por el contrario”, lo que caracteriza a los adictos es que “tienden al autoengaño e incluso a mentir a las personas de su entorno, sin mucha conciencia de tener un problema. Un padre que se queda en el paro y busca trabajo en Internet durante 8 horas diarias, pero termina con adicción a cibersexo y no lleva a sus hijos al colegio o los lleva en pijama, puede que intente justificar sus ‘fallos’ por la búsqueda del empleo, sin pensar que tiene una adicción”.

Existe tratamiento

Estas enfermedades del nuevo siglo no son irreversibles. Tienen cura. Una persona que padece un trastorno asociado a la tecnología no está desahuciada, y ésa es la parte buena. El primer paso es admitir que algo no va bien. Y, a partir de ahí, será posible ponerle solución. “Todos los problemas relacionados con el estrés y las adicciones tienen tratamiento”, anima Cano Vindel. “Las técnicas psicológicas cognitivo-conductuales han demostrado en estudios científicos rigurosos, como son los ensayos clínicos, que son eficaces y pueden revertir el problema”. Alguien que ha establecido una relación obsesiva con algún gadget tendrá que aprender a reducir su uso, a seguir unos horarios estructurados, a alejarse de ellos durante ciertos momentos del día, a apagarlos por la noche… Tendrá que seguir terapia para aprender a estar sin ellos, de modo que cuando los tengan en su poder no sufran ni vivan sólo para ellos. Establecer una conexión sana resulta vital en esta época en la que el uso de Internet, smartphones, tabletas y demás dispositivos no hace más que aumentar.

Un escollo que queda por superar de cara a una correcta aproximación a los trastornos tecnológicos es el de la preparación de la comunidad médica. Desde el punto de vista del diagnóstico, “los problemas de estrés y los problemas emocionales tienden a ser mal reconocidos por el médico de atención primaria, pues no es especialista en ellos y no dispone de tiempo de consulta suficiente para hacer un buen diagnóstico. Por otro lado, no sólo falta información en el médico sino en el paciente, que no informa bien de todos los problemas que está teniendo, porque no los tiene identificados como tales”, observa el máximo representante de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. “Un segundo problema, además del diagnóstico, es el tratamiento. En atención primaria, estos problemas se atienden con psicofármacos para reducir los síntomas: ansiolíticos o tranquilizantes, para reducir la ansiedad; antidepresivos, para la ansiedad y el estado de ánimo; somníferos, para el insomnio; analgésicos, para el dolor. Pero no se atienden los aspectos psicológicos“, lamenta Cano.

En la actualidad, “no hay psicólogos especialistas en atención primaria para cambiar las conductas, las emociones, las adicciones, los pensamientos erróneos” y una serie de aspectos fundamentales, denuncia este experto. “Esto es poco lógico, porque sólo se intenta disminuir los síntomas, pero no los pensamientos, las emociones y las conductas que producen esos síntomas. Con lo cual, el tratamiento es menos eficaz, y en lugar de resolver el desorden con las técnicas basadas en la evidencia, el problema se vuelve crónico”. Para combatir esta forma de actuar se ha puesto en marcha el ensayo PsicAP (siglas de Psicología en Atención Primaria), “que se está aplicando en veintidós centros de salud de toda España”, comenta uno de sus promotores. Gracias a él “estamos demostrando que el tratamiento psicológico de los problemas emocionales y del estrés es más eficaz que el tratamiento habitual de atención primaria, básicamente farmacológico”. Así las cosas, ¿qué pautas básicas deberíamos seguir todos para mantener un trato sano con la tecnología? “Las recomendaciones son obvias”, señala Antonio Cano Vindel. La lógica debe regir el proceso. No hay más. “Hay que hacer un uso adecuado de estas nuevas herramientas, que pueden ser muy útiles” para cosas como “facilitar la comunicación, pero nos pueden incomunicar con las personas más próximas” y, al final, “aumentar nuestro estrés laboral”.