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#Las #mujeres acuden más a #psicólogos y médicos cuando sufren #violencia que a la policía o los servicios sociales

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Una de cada dos mujeres ha sufrido violencia por ser mujer en algún momento de su vida. El 84,1% de las víctimas de violencia sexual y el 67,2% de las que sufrieron violación no han pedido ayuda formal de ningún tipo pero entre quienes lo hacen el grueso prefiere acudir a sanitarios que a abogados, policía o servicios sociales.

Violencia de género
Una de cada dos mujeres ha sufrido violencia por ser mujer en algún momento de su vida

Una de cada dos mujeres españolas ha sufrido violencia de algún tipo por el hecho de ser mujer. Así lo concluye la Macroencuesta de Violencia contra la mujer presentada este jueves por el Ministerio de Igualdad y que incluye, por primera vez datos no sólo de violencia sexual, física, psicológica o económica sino también sobre acoso.

A partir de casi 10.000 encuestas a mujeres mayores de 15 años, la macroencuesta que se realiza cada cuatro años, concluye que el 57,3% de las mujeres residentes en España ha sufrido violencia de algún tipo por ser mujer, incluyendo bajo ese término e violencia desde “una mirada lasciva a una violación”.

Las cifras son igual de sobrecogedoras cuando se pregunta expresamente sobre violencia física o sexual. El 13,7% de las mujeres residentes en España, esto es, 2,8 millones de mujeres, han sufrido violencia sexual en algún momento de su vida y el 21,5% (4,3 millones de mujeres) han padecido violencia física. Además, un 2,2% de las residentes en España, más de 450.000 mujeres, han sido violadas en algún momento de su vida y un 3,7%, más de 700.000, han sufrido violencia sexual durante su infancia, antes de cumplir los 15 años.

Los datos de la encuesta dejan patente que todavía hay mucho margen de mejora para denunciar situaciones de esta clase ya que el 84,1% de las víctimas de violencia sexual y el 67,2% de las mujeres que han sufrido una violación no han buscado ayuda formal tras lo sucedido.  Sin embargo, el colectivo sanitario  parece estar en posición especialmente privilegiada para detectar estos casos en tanto es el tipo de ayuda formal, la psicológica y sanitaria, a la que acuden con mayor frecuencia las mujeres que han sufrido violencia sexual, muy por encima de otros servicios como los legales o los servicios sociales.

En busca de ayuda formal

En concreto, el 10,2% de las mujeres que han sufrido violencia sexual buscaron ayuda psicológica para afrontar lo sucedido (esta cifra se eleva al 21,8% en el caso de quienes sufrieron una violación) y el 6,5% pidieron ayuda médica (14,4% en el caso de mujeres que han sufrido violación).

En concreto, entre quienes sufrieron violencia de su pareja o ex pareja el 66,9% no pidió ningún tipo de ayuda, el 23,4% acudió a psicólogos, el 10,4% a médicos y el 3% a farmacéuticos. La frecuencia con la que las mujeres acudieron en busca de ayuda a colectivos y servicios sanitarios es mucho mayor que la ayuda solicitada a  servicios sociales (donde acudió el 7,2%), servicios legales y abogados (7,4%), ONG (2,4%) o teléfonos de ayuda como el 016 (1,9%).

Entre las mujeres que sufrieron violencia sexual fuera de la pareja o ex pareja, el 84% no llegó nunca a pedir ayuda formal de ningún tipo. El grueso de las que pidió algún tipo de ayuda acudió a psicólogos (10,2%), médicos (6,5%) y/o farmacéuticos (1,4%).

#La #violencia, relacionada con la exposición a múltiples #factores de riesgo en la infancia

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Un estudio analiza los elementos que contribuyen a la aparición de conductas agresivas en la población adulta.

Grupo Cibersam

Equipo de investigación de la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona, el Instituto de Biomedicina de la UB (IBUB) y el Cibersam. (DM/CF)

Vivir en grandes ciudades, experimentar abuso físico o sexual, consumir cannabis o abusar del alcohol durante la infancia o la adolescencia son algunos factores que pueden determinar el riesgo de desarrollar un comportamiento agresivo o violento en la edad adulta, según un estudio publicado en la revista Molecular Psychiatry.

El nuevo estudio presenta evidencias científicas del efecto combinado de diferentes factores en el riesgo de convertirse en un adulto violento y de manera independiente a la presencia de un trastorno mental.

El trabajo ha sido desarrollado por expertos del Instituto Max Planck de Medicina Experimental, en Gotinga (Alemania), una institución en la Marina Mitjans, una de las primeras firmantes del artículo y miembro del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (Cibersam), está realizando una estancia postdoctoral.

Está basado en el análisis de más de 1.500 personas diagnosticadas de esquizofrenia y seleccionadas por el equipo dirigido por la profesora Hannelore Ehrenreich, del Instituto Max Planck de Medicina Experimental, junto con una muestra poblacional de más de 550 personas de la población general española.

En el marco del estudio, se analizó si los individuos habían estado expuestos durante su infancia y juventud a diferentes factores: vivir en una gran ciudad, abuso físico o sexual, pertenecer a un colectivo de inmigrantes, consumir cannabis y beber alcohol en exceso.

En los pacientes con diagnóstico de esquizofrenia, la presencia de conducta violenta se estableció en función de la existencia de condenas por crímenes violentos (abuso sexual, homicidio involuntario, agresión o asesinato). En el caso de la población general, se utilizaron indicadores relacionados con las conductas de agresión violenta, como la presencia de aspectos antisociales psicopáticos así como rasgos de personalidad relacionados con agresión u hostilidad.

Aumento escalonado del riesgo

Según los resultados, la probabilidad de convertirse en un adulto violento y agresivo se incrementaba de forma significativa en todos los grupos analizados que mostraban un factor de alto riesgo como mínimo. A medida que se añadían factores de riesgo, la probabilidad aumentaba de manera escalonada. En los individuos que presentaban tres o más factores de riesgo, el riesgo de presentar actitudes agresivas y violentas en la edad adulta se multiplicaba hasta diez veces.

En conclusión, la expresión de la agresividad en la edad adulta está relacionada con la exposición a múltiples factores de riesgo en la niñez o la adolescencia, apuntan los autores. Además, y de manera importante, este riesgo sería independiente a la existencia de un trastorno mental previo en el individuo.

También se comprobó en un subgrupo seleccionado de 142 individuos que los individuos caracterizados como de alto riesgo ambiental presentaban niveles más elevados de ARNm de la histona-deacetilasa1 (HDAC1), un mediador de procesos epigenéticos. Este descubrimiento abre nuevos interrogantes sobre el posible efecto de la huella epigenética -los efectos de las condiciones ambientales sobre la expresión génica- en el desarrollo de perfiles violentos en la edad adulta.

El nuevo estudio subraya la necesidad de impulsar medidas de tipo psicosocial que mejoren las políticas de prevención contra la violencia en toda la sociedad. Ante este reto, es preciso desarrollar estrategias de intervención psicosocial desde edades tempranas que implican la participación y el compromiso de familias y de los agentes sociales (educadores, etc.).

#La relación entre la #violencia y el #estrés provoca #enfermedades crónicas

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Una investigación realizada por científicas del Instituto Politécnico Nacional (IPN), México, determinó que la relación que hay entre la violencia con la generación de estrés provoca y recrudece enfermedades crónico-degenerativas.

En un comunicado, se explica que, de acuerdo con el estudio, cuando se experimenta violencia con frecuencia se genera estrés de manera sostenida y el organismo produce una respuesta bioquímica liberando catecolaminas (norepinefrina y epinefrina) y cortisol.

Este proyecto multidisciplinario ha sido dirigido por la investigadora de la Escuela Superior de Medicina (ESM) del IPN, Cindy Rodríguez Bandala, quien explica que el estrés neuroquímico puede generar osteoporosis, hipertensión, cáncer, diabetes y obesidad.

Esta especialista señala que ese tema es un asunto prioritario de salud pública, por ello es importante profundizar los estudios para desentrañar cómo las catecolaminas regulan las emociones, las reacciones al ambiente cuando hay estrés (que está diseñado para ser una respuesta inmediata, pero no duradera) y las afecciones crónico-degenerativas.

Rodríguez Bandala considera que “nuestro deber como científicos es conocer la epidemiología de la violencia, establecer el vínculo con el estrés y el deterioro de la salud. A partir de ello podremos proponer acciones para reducir ese fenómeno y sobre todo crear conciencia de que la violencia enferma”.

También la investigadora Laura Martínez Rodríguez, especialista en el estudio de violencia de género y colaboradora del proyecto, indica que existen 13 tipos de violencia: física, psicológica, abandono, económica, abuso, violencia sexual, ataque sexual, violencia institucional, estructural, espiritual, trata de personas, femicidio y feminicidio.

“Esta violencia provoca que el organismo esté en nivel de alerta la mayor parte del tiempo y se produzca desgaste en los mecanismos que regulan el comportamiento celular”, comenta.

Señaló que en pacientes con cáncer de mama los investigadores comprobaron que las mujeres con esta enfermedad y estrés crónico, depresión y ansiedad, desarrollan tumores más agresivos, de mayor tamaño y en algunos casos quimiorresistencia, por lo que la patología se complica.

El estudio incluyó a mujeres con cáncer de mama e hipertensión que toman fármacos betabloqueadores, los cuales actúan como inhibidores de los receptores del estrés. Comprobaron que quienes toman el fármaco tienen mejor densidad mineral ósea y menor riesgo de sufrir osteoporosis que quienes sufren la neoplasia, estrés y no los toman, y también evitan la metástasis.

Ante ese resultado y para apoyar a pacientes oncológicas, la científica de la ESM anunció el propósito de diseñar un betabloqueador más específico que ayude a reducir el estrés, el riesgo de padecer osteoporosis y que no afecte la tensión arterial.

Explica que existen células óseas (osteoblastos) que ayudan a eliminar el hueso de mala calidad, que ha perdido resistencia y elasticidad, mientras que los osteoblastos se encargan del desarrollo y crecimiento de los huesos en la juventud y del mantenimiento óseo en la fase adulta.

En la investigación encontraron que el efecto del estrés en personas con osteoporosis produce exceso de norepinefrina y se rompe el equilibrio entre osteoclastos y osteoblastos, por ello se deteriora más rápido la matriz ósea y no se regeneran los huesos de manera adecuada.

Aumento de la adultización entre niños cada vez más pequeños

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Este fenómeno puede derivar en violencia, bullying o juegos como ‘la ballena azul’.

La adultización se define como un cambio en las características de la primera identificación del niño con sus padres, modificando su comportamiento o modo de pensar. Un fenómeno que cada vez se produce en niños más pequeños, según ha alertado la terapeuta Verónica Rodríguez Orellana, quien alerta de que este fenómeno puede derivar en violencia, bullying o juegos como ‘la ballena azul’.

Rodríguez Orellana, quien es directora de Coaching Club, explica que “cada vez es mayor la cantidad de niños cada vez más pequeños medicados después de ser diagnosticados con nuevas sintomatologías psíquicas, como las mutismo selectivo, el mutismo selectivo, las conductas negativistas y desafiantes, las conductas compulsivas y obsesivas”.

“Toda esta realidad tiene conexión con la vulnerabilidad de los adolescentes que se fugan de su hogar, comienzan juegos extraños que acaban con sus vidas como el conocido de ‘la ballena azul’ o que se suicidan por situaciones de bullying”, explica la experta para quien la imitar precozmente actitudes de los adultos puede traducirse además en rasgos de rigidez y fanatismo, de dificultad de percibir, aceptar e integrar al otro como alguien diferente, de incapacidad para tolerar la frustración, de hiperexigencia, de falta de represión y límites, de extrema vulnerabilidad.

Según explica esto es consecuencia de que el niño se “mimetiza masivamente con sus padres, se confunde con ellos, con su lugar y con sus historias, los copia como si estuviera frente a un espejo sin que interfiera el proceso de represión que existía hasta hace medio siglo”.

Aunque no se trata solo de identificarse con algunos rasgos de los padres como ha ocurrido siempre, “sino también de mimetizarse masivamente con ellos, con su lugar y sus historias. Por eso se ha perdido el carácter lúdico de imitación que siempre existió, el niño ya no juega a ser un adulto sino que cree ser un adulto, se confunde con el adulto”.

Esto no se advierte solamente en la forma de hablar, pensar y actuar adultizada de los niños sino que les afecta en muchísimos otros aspectos como por ejemplo, en la autoexigencia o sobreexigencia desmedida con que se juzgan a sí mismos o a los demás. “Las reacciones ante otras personas o determinadas circunstancias y especialmente a la insistencia del adulto, ya que se sienten desvalorizados o humillados en su posición. Estos niños llegan a sufrir una gran intolerancia a la frustración, ya que deberían poderlo hacer todo lo que hace un adulto a pesar de tratarse de niños de entre 6 y 15 años”, añade.